Es paradójico estar escribiendo esta carta, que tantas veces me he planteado hacerle, sin éxito, para que otra persona sea ahora quien lo lea. Pero es gracias a usted quien soy hoy y, en cierto modo, le debo la vida por ello.
Aquellas palabras en clase se quedaron dentro de mí: "Lo cultural son como unas gafas que moldean nuestra percepción de la realidad", "el ser humano es una continua doble naturaleza"... Y desde aquel momento empecé a cuestionarlo todo. Mi identidad y la expresión de la misma, el origen y fundamento de mis objetivos, el por qué de mi pasado y de las (súper)estructuras con las que convivo en mi presente. Fue usted una pequeña chispa en una cocina con el gas abierto, o una llama entre matorrales.
Como señalé anteriormente, mis objetivos y aspiraciones ya no son las mismas que las que marcaba antes de entrar en esa clase. Cursé un doble grado por lo que creía era vocación, pero ahora mismo me es difícil saber qué me hizo tomar esa decisión: supongo sería una mezcla de deseo y, a su vez, de imposición. Sin embargo, sé que mi lugar no está en los grandilocuentes finales que aquel camino me ofrecía. He elegido algo más humilde, pero no menos creativo y constructivo. Sigo siendo ambicioso, pero de otro modo.
Quiero ser profesor porque quiero ayudar a los demás a desvelar, sea mi ayuda necesaria o no, los límites de su mundo. Quiero ser el pirómano que usted fue para mí, con su cariño característico y sus reflexiones profundas, porque hay belleza en las ruinas de nuestra verdad. El camino a la libertad nunca fue aquel heredado por los que nos precedieron, sino aquel que hace retozarnos en el barro de lo desconocido. Quiero ser profesor porque quiero cambiar el mundo (en la escala que me sea posible), haciendo ganar en independencia, alejada de tradición; en libertad de decisión alejada de prejuicio. Quiero ser profesor porque quiero transformar el mundo de los demás para mejor, aún en la dificultad que esto supone, como usted hizo con el mío.

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