divendres, 7 d’octubre del 2022

¿Por qué quiero ser profesora?

 

¿Por qué quiero ser profesora?

—¿Qué quieres ser de mayor?

—Bailarina, cantante, médico, astronauta… Profesora, sí, profesora de inglés. 


Recuerdo que cuando era pequeña y me hacían la típica pregunta, mi respuesta era siempre la misma. Como muchos otros niños y niñas, me disponía a enumerar una gran cantidad de opciones, como si estuviera leyendo de una larga lista. Esta lista interminable fue sufriendo modificaciones con el paso del tiempo, pero el elemento que nunca cambió fue el de «profesora», más concretamente, «profesora de inglés». La verdad es que la convicción de mi decisión no sorprendió a nadie en mi familia o entre mis compañeros de clase. Siempre fui una niña indecisa y algo insegura, pero algo que tenía muy claro y de lo que nunca he dudado en ningún momento es de mi pasión por los idiomas, sobre todo por el inglés. 


Mentiría si dijera que esta vocación surgió únicamente de forma natural, pues prácticamente todo se lo debo a mi padre y a mis tías. He tenido la suerte de crecer en una familia de profesores, en general, pero sobre todo de profesores de inglés. Mi padre fue el primero en introducirme a la lengua y a la cultura cuando tenía apenas tres años a través de juegos, películas o libros ambientados en Reino Unido como Peter Pan o Harry Potter, canciones de los Beatles que cantaba de memoria antes de saber siquiera lo que decían… A medida que fui creciendo, mi padre y yo también empezamos a hablar inglés mientras tomábamos el té después de comer, como una excusa para «hablar de padre a hija» y también para practicar inglés. Lejos de resultarme pesado, todos estos momentos que he pasado con mi padre me han permitido compartir cosas en común con él, como gustos y aficiones, y es innegable que, tanto él como mis tías despertaron algo en mí, como una especie de chispa de curiosidad o deseo de conocimiento y de compartir ese conocimiento con los demás. Recuerdo que uno de los juegos a los que jugaba de pequeña era fingir que era la profesora de una clase de inglés (constituida principalmente por mi hermana y por algunos peluches o muñecas), explicar la lección y mandar leer algún libro en casa. 


Entonces, ¿por qué mi hermana, que se crió en la misma familia y en el mismo ambiente que yo, no desarrolló esa vocación? La explicación es sencilla: al igual que en una misma clase con un mismo profesor, los alumnos pueden tener distintos niveles de interés en la materia, lo mismo ocurre en este caso. No toda la responsabilidad recae en el profesor, pero, por supuesto, ayuda muchísimo tener a un profesional de la educación que siente verdadera vocación por su trabajo y que transmite esa vocación a sus alumnos. Con esto no me refiero necesariamente a un profesor poco estricto, sino a un profesor que crea en las capacidades de sus alumnos y les exija en consecuencia, de forma justa. Un profesor que no se limite únicamente a seguir los contenidos previamente especificados en un libro porque «eso es lo que tiene que hacer», sino que, en cierto modo, también vea su profesión como una especie de proceso de aprendizaje continuo. Un profesor que busque nuevas formas de impartir su materia para despertar el interés de sus alumnos, a través, por ejemplo, de actividades culturales o de situaciones en las que los alumnos se puedan ver reflejados en el día a día. Un profesor que se alegre por las victorias de sus alumnos, como si una parte de ellas fuera suya. A lo largo de mi vida, he tenido profesores grandes profesores, pero, sin duda, ninguno como los tres primeros que tuve. Sin ellos, no estaría en este máster, así que gracias de todo corazón.


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