Vengo de una familia de profesores.
Profesores de lengua, de biología, ciclos formativos, etc. Por este motivo, la
enseñanza siempre ha sido una opción que he considerado, pero lo cierto es que
cuando estudié Traducción e Interpretación, no fue con el fin de convertirme en
profesora.
Cuando estaba en tercero de
carrera, realicé una estancia erasmus en Reino Unido. En esta universidad, nos
dieron la opción de participar en las clases de español para alumnos en cuarto
de carrera como auxiliar de conversación y apoyo al profesor. Fue una
experiencia que realmente disfruté, por lo que cuando volví a la UA en cuarto
de carrera y me ofrecieron unas prácticas extracurriculares como profesora en
el colegio británico de Alicante, no dudé en aceptarlas. Durante este tiempo,
estuve trabajando con niños de 7 a 12 años. No estaba muy segura respecto a
enseñar a niños, pero la alegría con la que me recibían, el cariño por su parte
y su agradecimiento cambió mi perspectiva por completo.
Terminé la carrera y me fui a
Francia como auxiliar de conversación para mejorar mi francés y averiguar si la
enseñanza de verdad era mi vocación. Durante este año, trabajé en un liceo con alumnos
de 4º de la ESO hasta segundo de bachillerato, y en un college con
alumnos de 1º de la ESO a 3º de la ESO. Como auxiliar de conversación, debía encargarme
de cada grupo por mi cuenta. En cada clase tenía entre 15 y 30 alumnos y,
desafortunadamente, la experiencia no fue positiva.
Ambas escuelas eran públicas, pero muy
diferentes. El liceo se encontraba en la mejor parte de la ciudad, era un
antiguo palacio y en él habían estudiado Julio Verne y otros personajes
ilustres. Los estudiantes tenían un alto poder adquisitivo y había bastantes
recursos. Sin embargo, el college se encontraba en una de las zonas más pobres,
marginalizadas y peligrosas de la ciudad. El edificio se caía a pedazos, no
teníamos muchos materiales y los estudiantes en su mayoría provenían de
familias inmigrantes sin recursos. En este centro había un alto índice de abandono
escolar y delincuencia: venta de drogas, intentos de apuñalamientos, insultos al
profesorado, etc. Yo intentaba organizar clases divertidas, adecuarme a su
nivel e incluso motivarlos, porque muchos de estos niños apenas tenían ningún
tipo de amor propio ni esperanzas de poder superar sus estudios. Pero yo tenía
21 años y muy poca experiencia a mis espaldas para poder gestionar este
ambiente.
A esta situación, se sumaba el
hecho de que mi nivel de francés no era el mejor cuando comencé a trabajar allí
y fue muy complicado poder dar clases en un idioma que no dominaba. Sin
embargo, a final de curso, una vez ya me sentí más cómoda con el idioma y sabía
cómo tratar con los alumnos y gestionar los momentos difíciles, la situación
mejoró considerablemente.
Terminé esta experiencia con un
sabor de boca agridulce. Había conseguido muchas cosas positivas, pero también
había sufrido mucho en el proceso. Por este motivo, decidí que por el momento
la educación no era para mí. Sin embargo, ahora que han pasado 3 años y medio
desde aquella experiencia, he decidido que era el momento de volver a darle una
oportunidad a la docencia, aprender buenas prácticas y volver a probar a dar
clase en España en un instituto público.
Llegué a esta conclusión gracias al
que fue mi profesor de griego y latín en bachillerato. Desde que terminé el
instituto, nos hemos cruzado muchas veces y siempre me saluda con la misma
alegría con la que nos daba clase. Para
mí, es una inspiración, no por sus dotes para enseñar griego y latín, sino por
su trato hacia nosotros sus alumnos. Yo estaba muy obsesionada por aquel
entonces con sacar buenas notas para poder acceder a Traducción e
Interpretación y él lo sabía porque era esa clase de profesor que se interesa
en tus aficiones, en tus inquietudes y en los problemas que puedas tener. Recuerdo
que en el segundo cuatrimestre de primero, yo estaba pasando un mal momento
personal y saqué un 7 en un examen. Mi profesor, que conocía mi situación, me
dijo que no tenía de qué preocuparme, que con que volviera a sacar un
sobresaliente en el siguiente examen, él me pondría la máxima nota y se
olvidaría de ese siete. Recuerdo cómo, pese a mi mala situación personal, me
hizo sentir bien, me dio una oportunidad de fallar y de volver a levantarme.
Todavía no sé si esto es lo mío o
no, pero lo voy a intentar, porque a mí lo que me motiva para ser en profesora
no es enseñar los verbos irregulares o los colores, sino poder convertirme en
una persona a la que los alumnos acudan y ayudarles a desarrollarse como
personas. Espero que algún día, pueda dar a mis alumnos la segunda oportunidad que
me dio mi profesor a mí no me rindiera.

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