Queridas Pilar, Amparo, Belén, Isabel, Belén de latín y griego, Mari Carmen…
Parece que fue ayer cuando mi madre me dejó en la guardería por primera vez, en esa querida “La Estrella”, donde tardaba siglos en subir las que por entonces me parecían unas interminables escaleras de azulejos verdes y blancos. Recuerdo como mi maestra corrió a rescatarme ante la marabunta de niños y niñas recién llegados, quizás le pareció que iba a desaparecer de lo pequeñita que era por entonces (tanto que, en el Belén Viviente siempre fuí quien personificaba al niño Jesús, pues era la única que cabía en la cuna del pesebre donde se suponía que siempre se había puesto un muñeco). También recuerdo mi primer día en aquel colegio Miguel Pinilla que yo tenía a la vuelta de la esquina. Recuerdo cómo mi tutora de infantil me cogió de la mano y me llevó a mi fila, en la cual parecía ser la más pequeñita de todos, otra vez, (quizás por ese motivo corrió a cogerme de la mano, para evitar de nuevo desaparecer entre tantos niños y niñas). Recuerdo también mi primer día de instituto, IES Escultor, donde ya no era tan pequeñita y al cual ya entré sola y tan orgullosa de ser ‘tan mayor como para ir al instituto’.
Podría estar horas y horas hablando de mis primeros días en cada una de las diferentes instituciones públicas de las que fuí parte como alumna, sin embargo, no son esos días los únicos que recuerdo, sino cada uno de los días donde mis maestras y profesoras me mostraron aquello que se supone que es enseñar. Hago referencia a ‘supone’, puesto que es imposible encontrar una definición de lo que realmente sea la enseñanza, ya que abarca tantísimos aspectos que considero imposible llegar a una única definición del término.
Recuerdo observar y analizar minuciosamente (consciente o inconscientemente) cómo cada una de ellas era capaz de entregarse en cuerpo y alma a sus alumnos y alumnas. Cómo expresaban con tanta emoción y pasión cada cosa que se trataba en el aula, ya no desde el punto de vista de cada asignatura, sino desde su persona y su vocación por la enseñanza. En mi cabeza nunca fuí capaz de imaginarme a ninguna de ellas como algo más que maestras o profesoras, pues para mí ellas eran la representación pura y dura de la enseñanza. Me era difícil imaginarlas como la madre de Pepito, la tía de Juanito, la compañera de yoga de la madre de Fulano, para mí todas ellas eran maestras, profesoras, mis modelos a seguir.
He de remontarme muy atrás para recordar el primer indicio que me llevase a la vocación por la enseñanza. Recuerdo que desde bien pequeña le hacía exámenes de inglés a mi madre, le daba lecciones sobre el verbo To Be, cuando ni yo tenía muy claro lo que era. Era exigente con las notas que le ponía, pero siempre le decía que no se preocupase, que lo conseguiría, y que podría hacerme no sé qué trabajo para el día siguiente y subir la nota. No sé si consideraréis que me ‘montaba unas paranoias importantes’ en mi cabeza, pero para mí, jugar a ser profesora era mi juego favorito.
Con el paso de los años, empecé a analizar también a mis compañeros y compañeras, y a darme cuenta de cómo a cada uno le gustaban más unas asignaturas que otras, o cómo les costaba más entender algunas cosas dependiendo de quién se lo explicara y cómo se lo explicara. Es así que comencé a darme cuenta de la infinidad de formas de enseñar y de cómo cada profesor y profesora lo proyectaba de una forma diferente. Llegué a la conclusión de que ser profesor no trataba sólo de saber mucho de un tema, sino de ser capaz de enseñar a tratar ese tema, y a trabajar con él, y además, de hacerlo de una forma en la cual el alumno o la alumna lo disfrutase, y no sólo entendiese.
Mi pasión por el inglés llegó casi a la par que la vocación por la enseñanza. Recuerdo llegar a casa después del colegio y ponerme a ver la tele ‘sólo un ratito’ antes de comer, como bien le decía a mi madre. Por aquel entonces mi elección siempre era Disney Channel, pues las series que emitía eran realmente de mi agrado. Sin embargo, con el paso del tiempo me fuí dando cuenta cómo los personajes de Hannah Montana, Los Magos de Waverly Place, Zack y Cody, Lizzie MacGuire… no decían exactamente lo que sus bocas parecían articular. Fué entonces cuando descubrí ¡que hablaban en inglés! Desde ese momento, ya no hubo más Disney Channel en español. A pesar de que no era capaz de entender todo lo que decían (y por aquella época diría que entendía no más de un 30%), disfrutaba el ver cómo los sonidos y palabras se correspondían con lo que los personajes realmente decían.
Poco después, le pedí a mi madre que me llevase a clases de inglés, que quería ‘aprender más de lo que dábamos en el colegio’. Es así como comencé a incluir el inglés en mi vida y dejé de ir a algunos cumpleaños de mis amigos y amigas del cole, porque claro, coincidían con la clase de inglés y yo no me la iba a perder. Aunque me duró hasta que mi madre se enteró de por qué tenía algunas invitaciones escondidas en el armario.
Tras las clases de inglés llegaron los campamentos de verano de inmersión lingüística, razón por la cual mi estación favorita del año se convirtió en el verano. Y podría hacer un recuento de cómo de una forma u otra, el inglés acabó siendo una parte de mí, pero intentaré resumirlo en pocas palabras.
Gracias a todas vosotras, Pilar de la guardería, Amparo de inglés en el cole, Isabel de inglés en el insti, Belén de latín y griego, Mari Carmen de historia del arte… Gracias a todas vosotras por no sólo transmitirme los conocimientos requeridos en cada una de vuestras asignaturas, pues al fin y al cabo, ser profesor no se trata de sólo transmitir contenidos. Gracias a cada una de vosotras por transmitirme lo que es la pasión por la enseñanza, por hacer que día a día fuese llenando el vaso de la curiosidad por aprender, y la, diré jarra porque es todavía mayor, la jarra del amor hacia la enseñanza. Espero algún día, poder verter toda la pasión y vocación que llevo dentro en mis futuros alumnos y alumnas, y si cabe, los conocimientos también.
Siempre vuestra,
María Alemany

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