Si hace 10 años me hubieran contado dónde estaría hoy mismo no me lo habría creído.
Cuando empecé la Educación Secundaria sentía una tremenda presión porque no tenía ni
idea a lo que me quería dedicar. Me daba la sensación que todos mis compañeros lo tenían
claro y yo era la única que no tenía un sueño. Los profesores de Primaria ya habían notado
en mi un don para los idiomas pero yo, a mis 11 años, no sabía qué hacer con aquel don.
Entonces conocí a Mª Carmen, mi nueva profesora de inglés.
Después de la primera clase con ella, algo se despertó en mí: “quiero ser como ella”,
me dije a mí misma. Un día me pidió que me quedara unos minutos tras el final de la clase y
me planteó lo siguiente: «¿Has pensado alguna vez que se te da muy bien el inglés? Eso
hay que explotarlo. Busca información sobre las carreras universitarias de Filologia Inglesa
o Traducción e Interpretación, creo que te podrían interesar. Sé que es pronto todavía, pero
está bien que empecéis a curiosear. Échales un vistazo y me cuentas». Era la primera vez
que escuchaba eso de traducir e interpretar, me generó tanta curiosidad que en la siguiente
clase de inglés fui preparadísima con una hoja y más preguntas. Me explicó que ella había
estudiado traducción y que al principio no contemplaba convertirse en profesora, pero que
ahora no lo cambiaría por nada del mundo: «No sabes cómo hace sentir que venga un
exalumno tuyo 10 años después de pasar por la Secundaria y te dé las gracias por creer en
él. Es algo que no se puede explicar con palabras». En ese momento seguía pensando que
no quería verme abocada al profesorado, que quería probar otras salidas profesionales.
Hoy, 7 de octubre de 2022, precisamente unos 10 años después de aquella
conversación, estoy más convencida de aquello que descartaba tan rápidamente. Terminé
la carrera en 2020 con muchísimas dudas que todavía conservo: me gusta mucho traducir,
me encanta interpretar, pero no sé si lo veo en mi futuro profesional. El curso pasado estuve
en Austria como auxiliar de conversación y la situación tan dura que vivimos con la
pandemia provocó que me tuviera que enfrentar a clases de 20 alumnos con niveles
cercanos al A1 de español yo sola. Se tuvo que dividir los grupos en dos: un grupo
trabajaba con la profesora y otro conmigo; eso sí, preparaba cada una de mis sesiones con
su profesora con antelación, aunque me daba mucha libertad para proponer actividades.
Esta experiencia ha resultado ser, hasta el día de hoy, la mejor experiencia de mi vida. A
pesar de las circunstancias, aprendí muchísimo sobre didáctica y me llevé recuerdos
preciosos de mis alumnos y tutoras. Ellas se encargaron de animarme encarecidamente a
hacer el máster porque vieron en mí ese potencial que ya vió Mª Carmen en su día. Así que
me decidí, y aquí me encuentro.

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