divendres, 11 de novembre del 2022

¿A quién debo mi pasión por la enseñanza?

 

Estoy segura de que, a diferencia de muchos en esta clase, el antes y el después de mi decisión lo marcó nada más y nada menos que mi madre. Bien es cierto que ha habido profesores de inglés que me han podido marcar más o menos, pero mi madre es quien lo comenzó todo. Recuerdo que un día, cuando tenía 5 años, vi a mi madre cantar una canción en un idioma que no lograba identificar. Sabía que nosotros hablábamos castellano y valenciano, y debido a eso, incluso llegué a tener un cacao en la cabeza pensando que cada año cambiábamos de idioma, por lo que asumí que el idioma que ella estaba utilizando al cantar sería el idioma que “tocaba” aprender el próximo año. Cuando le comenté a mi madre lo que pensaba, ella explicó que no, que no cambiábamos de idioma cada año y que lo que ella estaba usando se llamaba “inglés”. Yo me interesé mucho y mi madre empezó a imprimir las letras de las canciones. Juntas nos sentábamos, las leíamos, me hacía traducirlas con la ayuda de diccionarios y explicaciones por su parte (mi parte menos favorita) y después, cuando ya supiéramos lo que significaba, entonces las cantábamos.

Cabe destacar que mi madre es tramitadora de siniestros y nunca ha estudiado para ser docente, pero a ella le han apasionado siempre las lenguas, así que con el inglés y el valenciano tomó la decisión de llegar al nivel C2. Recuerdo como de vez en cuando venían los hijos de las amigas de mi madre, que eran tres años más mayores que yo, y se ponían en la mesa de la salita a jugar a algo y a decir palabras que en ese entonces a mí me parecían muy extrañas, y como yo tenía mucha curiosidad, mi madre empezó a incluirme en sus sesiones. Resulta que ella daba “clases” con juegos, y que esto era lo que verdaderamente le llenaba y le hacía feliz. Gracias a ella conseguí un nivel de inglés bastante avanzado desde antes que empezáramos a dar inglés como asignatura oficial en el colegio y me di cuenta de lo diferentes que eran sus clases respecto a las del colegio. Mientras que en el colegio seguíamos el libro a pies juntillas, mi madre cogía el vocabulario o lo que nos quería enseñar y se preparaba tarjetas de muchos colores para unir, e incluso teníamos hasta un juego de mesa por casillas donde nos preguntaba vocabulario y había actividades dinámicas para relacionar.

El inglés se me daba muy bien y pensaba que era porque era muy fácil, pero me di cuenta de que mis compañeros, o al menos los que no iban a academias como extraescolar, les costaba más. Cuando pasamos al instituto y vi que todo era igual, seguir el libro, memorizar y poco más, le pregunté a mi madre que qué había que estudiar para ser profesora y que yo quería ser una profesora como ella. Ella me dijo que probablemente había que estudiar filología inglesa o algo por el estilo, pero que ella no había estudiado para ser profesora, que ella hacía lo que hacía porque le daba felicidad y que no era algo realmente serio, pero le apasionaba. Aquí fue cuando me planteé por primera vez que me gustaría cambiar la manera de aprender que teníamos por la que yo había aprendido y hacer del inglés una asignatura más accesible para los estudiantes. Al entrar a Bachillerato e informarme más sobre las carreras, me di cuenta de que filología y la literatura no iban demasiado conmigo, pero que había una carrera que se llamaba Traducción y me hizo pensar en las veces que nos sentábamos mi madre y yo a cantar y traducir canciones y que, gracias a esos momentos, mi amor por el inglés creció exponencialmente. Por todo ello, finalmente me decidí a entrar a la carrera y posteriormente al Máster de Profesorado con la esperanza de dejar una pequeña huella en otros estudiantes, como la que mi madre dejó en mí.

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